Hace un año celebrábamos el 70 aniversario de la fundación de la Organización de Naciones Unidas justo en un momento en el que quedaba patente el cambio de coyuntura que estamos viviendo. Por una parte, la crisis de los refugiados en Europa, la delicada situación en el Oriente Próximo, a esto debemos sumar la alargada sombra de la crisis económica de 2008, a estos sin duda podemos agregar un sinnúmero de problemas que están surgiendo alrededor del globo. Las situaciones antes nombradas son, sin duda alguna, cuestiones que ponen en peligro la estabilidad en el globo. Ante la incertidumbre es común que aparezcan líderes oportunistas que buscan capitalizar en forma de votos la incertidumbre de la población, pero ante estos peligros debe haber una respuesta coordinada que transmita paz y busque soluciones reales a los problemas.

Ante la realidad que estamos viviendo no hay más que una salida: la innovación. Fue hace setenta años que, en un escenario de posguerra y precariedad que surge la idea de crear un ente que diera solución a las diferencias entre las naciones. De igual manera, en Bretton Woods se crearon el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, instituciones nacidas para trabajar por el desarrollo de los pueblos. La labor que han cumplido estas instituciones desde su fundación es ciertamente remarcable, gracias a su intervención se han logrado solucionar crisis en algunos de los puntos más vulnerables del mundo. La creación de estos entes supranacionales fue revolucionaria, y siete décadas después continúan siendo vigentes, aunque no hay que perder de vista la necesidad de innovarlas y adaptarlas a la nueva realidad.

Una de las principales características del ser humano es su capacidad de adaptarse a los cambios, es este el motor de la evolución humana. Está claro que estas soluciones no surgirán de manera espontánea, debe haber un trabajo y una preparación previa. Además, es clave tener en cuenta que no todo lo antiguo debe ser desechado, el brillo de lo nuevo no debe cegarnos sino más bien iluminarnos para discernir entre lo que ha de ser cambiado y lo que no. Así, las instituciones que por largo tiempo han articulado la vida política y social no deben ser desechadas, antes bien se debe aprovechar su expertise como base para continuar con el cambio.

La validez de una solución depende de que tan bien cumpla con acabar con un problema, de lo contrario todos los recursos invertidos en la aplicación de la solución serán desperdiciados. Y aquella solución que se ha usado es imposible recetarla de nuevo a otros problemas, porque por parecidas que parezcan las coyunturas habrá siempre variables que afecten la validez de la solución. De la misma manera, no es posible aplicar soluciones antiguas a la actualidad.

Por lo que si las Naciones Unidas fueron fundadas hace 70 años, sabremos que la coyuntura era totalmente diferente a la actual. La situación en la que se encontraba el mundo al finalizar la II Guerra Mundial era de destrucción a todo nivel, Europa había quedado arrasada y no contaba con la infraestructura básica para empezar de nuevo, en América la pobreza se había instalado en la mayoría de hogares porque no había mercado en el que vender. Sin duda la moral de la gente se encontraba minada por tal situación, pero ante tal situación fue más poderoso el deseo de paz y libertad. Gracias al diálogo se logró un desarrollo asentado en el crecimiento económico y la cooperación entre naciones.

No es coincidencia que el periodo entre 1945 y 1973 haya sido el de mayor crecimiento económico en la historia de la humanidad, aquello no sucedió por arte de magia, el trabajo de organizaciones como la ONU, FMI, BM o la UE fue clave en la creación de acuerdos comerciales y de paz. Sin duda alguna el camino hacia aquel progreso fue complicado, pero fue posible gracias a la visión y ambición de paz de los pueblos. Es este el camino que debemos repetir hoy en día para reformar esas instituciones con las que conjuntamente hemos logrado construir prosperidad y paz. Ese cambio debe venir de aquellos a quienes a quienes esos entes sirven, somos nosotros los beneficiarios de sus acciones y por eso mismo somos nosotros como comunidad global que debemos trabajar por hacerlos mejores.

Los profesionales jóvenes, aquellos que han sido formados bajo nuevos paradigmas y en un periodo de paz, son quienes deben tomar las riendas de estas instituciones de diálogo, porque son ellos quienes mejor conocen la sociedad y sus necesidades, aunque es muy importante observar el pasado para crecer a partir de el. De esa manera también se logrará que las nuevas generaciones giren la mirada hacia la política y recobren la confianza en las instituciones, siendo esto la principal solución contra el auge de los populismos y la desconfianza que hay a nivel global.

Los cambios sociales, políticos y económicos que están sucediendo pueden crear cierto nerviosismo dentro de la población, pero son las instituciones supranacionales quienes, deben transmitir tranquilidad a través de la toma de decisiones que creen estabilidad. Nosotros hoy lo tenemos más fácil que hace setenta años, hoy las estructuras básicas están creadas, pero de nosotros depende que sigan cumpliendo su misión.

Escrito por Juan Diego Molina Méndez. Historiador. Maestrante en Ciencia Política.